Claves para comprender el nuevo Plan Nacional de Acción Cultural en el Exterior (2026-2028)
Durante décadas la internacionalización de la cultura española se ha construido con iniciativas de enorme calidad, aunque frecuentemente dispersas. Grandes exposiciones, temporadas culturales, programas del Instituto Cervantes, acciones de Acción Cultural Española, proyectos del ICEX o de la AECID convivían con estrategias propias de comunidades autónomas, ayuntamientos, universidades y fundaciones generando una especie de caos en la programación con liderazgos diversos. El resultado era un ecosistema extraordinariamente rico, pero difícilmente reconocible como una auténtica política pública de Estado.
El Plan Nacional de Acción Cultural en el Exterior 2026-2028 representa un cambio de paradigma en este sentido. Más que un catálogo de actividades o una programación internacional, el documento configura una arquitectura estratégica que entiende la cultura como un instrumento de política exterior, de cooperación internacional y de desarrollo económico. Su principal aportación consiste en ofrecer una visión integrada de la acción cultural española en el exterior, alineando instituciones, objetivos y recursos bajo una misma hoja de ruta. Una propuesta valiosa sin embargo con dificultades de coordinación global.
Para quienes trabajan en gestión cultural, el Plan merece una lectura que va más allá de sus medidas concretas. Constituye una invitación a repensar el papel de la cultura en un escenario internacional caracterizado por la competencia por el talento, la economía del conocimiento y el creciente valor del denominado soft power.
De patrimonio cultural a activo estratégico
Una de las principales transformaciones que introduce el Plan es conceptual. La cultura deja de ser entendida exclusivamente como patrimonio, creación artística o identidad colectiva para convertirse también en un activo estratégico del Estado en diferentes dimensiones. El documento fundamenta esta visión mediante indicadores internacionales y datos económicos. España ocupa la cuarta posición mundial en cultura y patrimonio según el Global Soft Power Index 2026; el español supera los seiscientos millones de hablantes; uno de cada cuatro turistas internacionales visita España motivado por razones culturales; y las industrias culturales y creativas generan cerca de 770.000 empleos y representan un importante porcentaje del valor añadido nacional. La cultura aparece así simultáneamente como derecho ciudadano, herramienta diplomática, factor económico y elemento de competitividad internacional. Esta aproximación sitúa a España en sintonía con las tendencias impulsadas por la UNESCO y por MONDIACULT, que consideran la cultura un bien público global y un componente imprescindible del desarrollo sostenible.
Una nueva gobernanza para la acción cultural exterior
Sin duda, otro de los aspectos más relevantes del Plan reside en su modelo de gobernanza. Tradicionalmente, la internacionalización cultural española ha dependido de iniciativas impulsadas por múltiples organismos con escasos mecanismos permanentes de coordinación.
El nuevo marco -y esa es su principal innovación y reto- propone precisamente superar esta fragmentación mediante una estructura compartida que integra a Presidencia del Gobierno, Ministerio de Asuntos Exteriores, Ministerio de Cultura, Instituto Cervantes, AECID, Acción Cultural Española, ICEX, Turespaña y otros organismos especializados. La internacionalización deja así de entenderse como la suma de programas independientes para convertirse en una política transversal que conecta diplomacia, economía, turismo, empleo, educación y cooperación internacional.
Para el gestor cultural esta transformación resulta especialmente significativa, porque ya no es suficiente diseñar proyectos de alta calidad artística, sino que será necesario comprender los marcos institucionales, identificar oportunidades de cooperación y trabajar desde una lógica de alianzas nacionales e internacionales.
La diplomacia cultural como política pública
Tal vez el elemento más innovador del documento sea la consolidación de la diplomacia cultural como uno de los pilares de la política exterior española. Lejos de entender la cultura únicamente como promoción de imagen de un país, el Plan la presenta como un instrumento para fortalecer el diálogo entre sociedades, favorecer el entendimiento intercultural, impulsar la cooperación y contribuir a la paz mediante los valores democráticos y los derechos culturales. La creación artística, el patrimonio, la lengua o las industrias culturales adquieren una dimensión política en el sentido más amplio del término: construir relaciones de confianza entre países.
Esta visión conecta con la creciente importancia del soft power. En un contexto internacional donde la influencia ya no depende exclusivamente del poder económico o militar, la capacidad para generar admiración, confianza y cooperación constituye un recurso estratégico de primer orden.
Pensar globalmente, actuar estratégicamente
El Plan también modifica la forma de entender la presencia internacional de la cultura española. No plantea una difusión indiscriminada, sino una geografía claramente priorizada. Asia, América Latina y el Caribe, Magreb y África Occidental, así como Europa y Norteamérica, se convierten en espacios preferentes donde concentrar esfuerzos mediante programas específicos y acontecimientos culturales de gran proyección internacional. Esta selección responde tanto a criterios históricos como a oportunidades económicas, diplomáticas y culturales.
En este sentido, los diez hitos previstos entre 2026 y 2028 —desde el Año Dual España-India hasta el Año Goya, pasando por la Feria Internacional del Libro de São Paulo, la Exposición Internacional de Belgrado o la nueva sede del Instituto Cervantes en Seúl— funcionan como plataformas internacionales para proyectar una imagen contemporánea de la cultura española.
Una planificación basada en resultados
Otro aspecto especialmente interesante desde la gestión cultural es la incorporación de mecanismos de evaluación y seguimiento coherentes. El Plan no se limita a definir objetivos generales, sino que incorpora indicadores de cumplimiento, sistemas de coordinación y herramientas orientadas a medir resultados. Esta orientación aproxima la política cultural a modelos contemporáneos de planificación estratégica, donde la evaluación constituye una fase inseparable del diseño de las políticas públicas.
Para los gestores culturales esta perspectiva supone un cambio metodológico importante: la internacionalización deberá justificarse mediante impactos culturales, sociales, económicos y diplomáticos verificables, superando una visión centrada exclusivamente en la programación de actividades, como se venía haciendo tradicionalmente.
Cinco enseñanzas para la gestión cultural
La lectura del Plan deja varias conclusiones especialmente útiles para quienes trabajan en el diseño y gestión de proyectos culturales.
En primer lugar, la dimensión internacional debe incorporarse desde la fase inicial de planificación y no como una acción complementaria. En segundo lugar, la cooperación institucional adquiere un papel central, favoreciendo redes de colaboración entre administraciones, universidades, empresas culturales y organizaciones internacionales. En tercer lugar, la cultura aparece estrechamente vinculada al turismo, la innovación, la educación, la ciencia y la economía creativa, ampliando considerablemente el campo tradicional de actuación de los gestores culturales. En cuarto lugar, la planificación estratégica y la evaluación se consolidan como competencias esenciales para la gestión pública de la cultura.
Finalmente, el documento invita a pensar la cultura desde una lógica de ecosistema, donde patrimonio, industrias creativas, cooperación internacional, innovación tecnológica y diplomacia forman parte de una misma estrategia de proyección internacional. Esto queda algo difuso pero sin duda es un buen avance para situar la cultura en el centro de las políticas de exteriores.

Infografía Plan Nacional de Acción Cultural Española en el Exterior 2026-2028
Mirar hacia el futuro
Como toda estrategia de largo alcance, el Plan abre nuevas líneas de reflexión. Una de ellas consiste en reforzar la participación de municipios, universidades, fundaciones y entidades culturales independientes, responsables de buena parte de la innovación cultural española. Otra se relaciona con la aceleración digital: inteligencia artificial, plataformas culturales, creación inmersiva, patrimonio digital o diplomacia cultural en entornos virtuales configurarán, previsiblemente, algunos de los grandes desafíos de la próxima década.
En definitiva, el valor del Plan Nacional de Acción Cultural en el Exterior 2026-2028 no reside únicamente en las acciones previstas para los próximos años. Su verdadera aportación consiste en proponer un nuevo modo de entender la acción cultural en el exterior: menos fragmentada, más estratégica, más cooperativa y plenamente integrada en la política exterior del Estado.
No se trata únicamente de cómo gestionar mejor un proyecto cultural, sino cómo convertir ese proyecto en una herramienta capaz de generar conocimiento, cooperación e influencia internacional. En un mundo donde la cultura constituye uno de los principales lenguajes de las relaciones entre sociedades, gestionar cultura significa también participar en la construcción de la presencia internacional de un país.
Puedes descargar el plan completo en la página de Acción Cultural Española: https://www.accioncultural.es/es/presentacion-pnace-2026-2028
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